Mazorca a mazorca él, quizá sin saberlo, conserva sabores que forman parte de nuestro acervo gastronómico y lo hace a través de recetas y tradiciones que se han mantenido casi intactas pese al paso del tiempo y que son parte de nuestra cultura, esa que vive en el corazón del pueblo, esa que evoluciona conforme nosotros lo hacemos y esa que define nuestra identidad.

Entre Baní y Palmar de Ocoa, ente El Sombrero y Villa Fundación, entre el mar y el monte… Allí, en "Quijá Quieta", en “La Plaza del Maíz” se encuentra él, quien día a día va del grano a la tusa para regalarnos la nobleza del maíz. Él forma parte del equipo que impulsa un pequeño establecimiento que desde afuera engaña y que sólo dos tipos de persona dejan de pasar por alto: quienes lo conocen y a quienes les llama la atención la cantidad de vehículos y de gente que, cada jornada, desfila por su fachada. Desde la vecina del barrio hasta el dueño del yate, desde el que sueña con ser pelotero hasta el propietario del equipo… Allí se une el pueblo y se borran las diferencias tanto raciales como sociales pues en sus pocos metros todos buscamos un mismo objetivo: disfrutar de los placeres del paladar.

Este pequeño establecimiento trabaja, de forma magistral, el maíz en sus distintas aplicaciones: mazorcas hervidas, arepitas fritas, tortas, arepas dulces y saladas que gritan artesanía y que van impregnadas con el sabor del anafe y, probablemente, el más sabroso majarete (frío o caliente, con o sin canela) que probarás en toda tu vida.

“La Plaza del Maíz” se ha convertido en una parada obligatoria para quien va a “Palmar”, a “Ocoa Bay” o a cualquier otro destino por la zona y no es por menos, el poder disfrutar de aquellos tesoros hace que valga la pena alargar rutas y hasta desviarse totalmente. Yo he hasta llegado a considerar el ir desde la capital simple y sencillamente para quedarme con el dulce sabor en la boca que deja esa exquisita y modesta joya de nuestra gastronomía. ¿Irías tú “tan lejos” para complacer un capricho? Yo, personalmente, si.