Como seres humanos tenemos una tendencia a dar por sentado aquello que consideramos parte de nuestro día a día y de perder la capacidad de sorprendernos cuando las cosas se vuelven “normales”. Por ello hasta nos extrañamos al ver gente haciéndole fotos o apreciando la belleza de lo que para nosotros se ha tornado “cotidiano” y, a raíz de esto, logramos desconectarnos de los lugares a los que tenemos fácil acceso al punto de casi ignorar su existencia y con ello sus beneficios.

Estoy segura de que esto te pasa con más frecuencia de la que te percatas y, recientementemente, a mi me sucedió con uno de los más emblemáticos espacios de la ciudad de Santo Domingo: el Jardín Botánico Nacional.

Buscando maneras de entretener a un familiar que vive en el extranjero y que se pasaría unos cuantos días en mi casa, opté por ir una mañana al parque y, tras años sin recorrerlo, reencontrarme con este popular destino desde el rol de turista en mi propia ciudad. Entrar allí fue como teletransportarme al pasado pues la organización del espacio me devolvió, cual máquina del tiempo, a esos viajes escolares de la infancia. Poco ha cambiado desde entonces y, en este caso en particular, eso es muy positivo.

El Jardín Botánico Nacional Dr. Rafael Moscoso, creado en el 1976, cuenta con dos millones de metros cuadrados de pura reserva natural comprendidos entre las avenidas de Los Próceres, la República de Argentina y la República de Colombia. Su nombre honra al primer dominicano en catalogar la flora en la isla de La Española, y su perímetro está dividido entre metros y metros de bosque y jardines entre los cuales encontramos una plazoleta central, un reloj floral, un museo con varias salas de exposición, un herbolario, un jardín japonés, una zona de plantas endémicas, un mariposario y un orquidiario, así como una pequeña tienda y un área de cafetería.

Para acceder a las instalaciones hay que adquirir una boleta de entrada que ronda los RD$50-RD$250 por persona, con precios que fluctúan dependiendo de si se es local o extranjero y si se desea incluir el uso del tren o una visita al espacio de exposición museográfica y de si se pertenece al “Club de Caminantes” o si hay algún evento en particular. 

El recorrido que hace el “chu-chú tren” es breve y, tomando apenas unos pocos minutos, muestra exóticos árboles, arbustos y flores con detalladas descripciones hechas por un guía que, en el caso de mi visita, dejaba en evidencia un excelente sentido del humor. La única parada que está pautada es en el más popular, fotografiado y concurrido de los espacios: el Jardín Japonés.

Si te soy honesta creo que es prácticamente imposible no sentir una especial atracción al hacer contacto visual con el inmenso “torii” rojo que da la bienvenida al peculiar destino. Este tipo de arco, frecuente en la tradición japonesa para marcar una separación entre los espacios profanos y los divinos, es utilizado para indicar la ubicación de santuarios sintoístas y, en este caso, nos presenta con especial armonía el sincretismo cultural protagonista de esta joya paisajística, producto de la visión y creatividad del reconocido japonés Mamoru Matsunaga.

El icónico torii fue fabricado por el mismo maestro Matsunaga junto al prodigioso artista Antonio Prats Ventós y está cuidadosamente enmarcado por dos samanes que le aportan aún más fuerza y resaltan su belleza. A partir de allí se hace evidente la balanceada combinación entre la flora autóctona y la flora exótica del Japón, así como la excelente utilización del aspecto topográfico, que aprovecha las variaciones del terreno para crear diferenciadas y estimulantes estampas visuales que varían dependiendo de nuestra ubicación.



Estar en el Jardín Japonés invita, a “fluir” entre los caminos y callejuelas que rodean a un hermoso lago que, en mi caso personal, me llevó a evocar a gigantes como el Central Park de Nueva York y el Parque del Buen Retiro de Madrid al darme cuenta de que los tres cumplen la misma función de, estando en medios del caos urbano, enfrentarnos a la naturaleza de forma tal que casi nos obliga a detenernos y admirar su belleza. En este caso, la inmensidad de algunos árboles me inspiró un respeto casi solemne y me entretuve bastante ante la ingenuidad de los patos y tortugas, que están tan condicionados ante el sonar de las fundas plásticas que harían sentir orgullosos a conductistas como Pavlov o Skinner.



Prestando un poco de atención se evidencia como los peculiares segmentos, atmósferas y hasta temperaturas nos evocan sensaciones diferentes, y cómo los senderos tanto del Jardín Japonés como del Parque Botánico en general, llevan a distintas experiencias. Recorrerlos sin tiempo y sin planes se había tornando en un auténtico acto de exploración en el que era fácil dejarse impresionar por la inmensidad de alguna roca, la rareza de una flor, la agudeza del sonido de un ave o simplemente la suavidad del viento. Sin darte cuenta te concentras en la respiración ante cada cambio de atmósfera, te percatas de tus pasos con cada cambio en la elevación del terreno, te enfocas en la belleza que te rodea cuando los colores llaman tu atención, te concentras en la gracia que exhiben los otros seres vivos cuando un carpintero, colibrí o chicuí parece juguetear contigo...

En mi caso, me encontré riendo por dentro, sin querer había conectado con el entorno de forma tal que no sólo fui consciente del milagro que conlleva estar viva, sino que acabé accidentalmente cayendo en esa milenaria práctica, casi olvidada por nuestros cuerpos y almas, que hoy es popularmente conocida como “mindfulness”.

Al salir del Jardín Japonés se puede volver a tomar el tren o caminar, aprovechando para ver aún más de cerca la infinidad de árboles nativos, flores que incluyen más de 300 especies de orquídeas y pájaros entre los que se destaca la cigua palmera, ave nacional de la República Dominicana.

Tras una breve caminata es probable que llegues al Jardín de las Mariposas, un espacio que inicialmente parece estar desértico hasta que le hace justicia al nombre y, como si un hada le hubiera esparcido su polvo mágico, van haciéndose evidentes las mariposas de distintos tamaños, colores y comportamientos. Mientras nos concentramos en su bailoteo, vamos notando un dulce aroma a frutas, la calurosa temperatura, el altísimo índice de humedad y los distintos sonidos que crean una especial mística que nos hace sentir como quien está dentro de una burbuja, en una especie de universo en miniatura.

Los senderos del Jardín Botánico Nacional muestran infinitas curvas, intersecciones y si, al igual que yo, optas por dejar al azar su recorrido, de repente te sentirás desorientado: allí es fácil perder la noción de la ubicación hasta el punto en que todo es norte y sur al mismo tiempo. Mientras las calles asfaltadas ofrecen una experiencia más industrializada y “estable”, ideal para personas mayores, quienes llevan coches de bebés o andan en sillas de ruedas; los senderos interiores presentan distintos retos con una altimetría ligeramente variable y que se ve agravada por la cantidad de obstáculos del camino entre ellos piedras, raíces y frutos.



Este parque es un lugar perfecto para permitir que los niños sean niños y para facilitar que los adultos también lo seamos, dejando en libertad a nuestro infante interno, volviendo a enfrentarnos a la naturaleza a través de un relajante paseo por la biodiversidad (nativa y foránea) de nuestro país. Visitar el botánico es darse un baño del antes mencionado mindfulness, es reconstruir nuestras conexiones con la naturaleza al volver a apreciar la simplicidad de la belleza y la complejidad de nuestra relación con la misma.



Para quienes desean disfrutar de esta experiencia de forma frecuente, el Botánico dispone de un programa llamado “Club de Caminantes”. Toma en cuenta que es recomendable seguir sus perfiles en las distintas redes sociales para estar al tanto de las actividades que se realizan desde Sociedades como la de Orquideología, la Ornitológica y las diversas marcas, así como actividades temáticas como “El Picnic” o “Santo Domingo Pop”.

¿Qué esperas para dejarte encantar por la magia de este pulmón capitaleño? Date el chance de redescubrir sus encantos, recuerda que lo único que puedes perder allí es un poco de estrés y, en esta época, eso suele ser una magnífica bendición.





MOSAICO DE IMÁGENES / Fotos por Maricha Martínez Sosa

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