Una de las cosas más atrayente que permite vivir en una provincia costera, en este caso, Barahona, es poder ver el amanecer a orillas del Mar Caribe.

Me levanté ‘tarde’, ya eran las 5:27 a.m. para poder alistarme y llegar a la playa ‘El baña perro’ (ya esa será otra historia por contar) y disfrutar de las vistas. Literalmente llegué corriendo hasta la playa ya que el cielo estaba despejado mostrando claridad y el sol se encontraba casi saliendo por el este, esa ‘bola’ de fuego lumínica se asoma en el horizonte.

Al llegar al mar, simplemente me detuve y respiré pausadamente. Durante un buen rato me sumí en silencio, escuchando los latidos de mi corazón, deleitándome con el espectáculo que el sol me estaba regalando.

El naranja, rojo y amarillo bailaban en una perfecta afinidad ocular.

Las olas llegando a mis pies, la leve brisa me envolvía la piel y aquel pequeño momento de soledad conmigo misma, me recordó la inclemencia del tiempo. Una hoja que se desprende del árbol y emprende vuelo, cada ola que llega a la orilla de la costa y se aleja para volver con más fuerza.

Siempre he intentado definir la espera consultando el horizonte y entonces llega el primer rayo de sol, allí donde sale un haz lumínico que se vuelve al pasar los minutos más sólido, más poderoso, más grande.

El amanecer tardó 38 minutos en completarse. La naturaleza se lució brindando lo que más sabe hacer: compartir sus momentos espectaculares. La tierra, el agua y el fuego se unieron en una misma sintonía visual para el deleite de los humanos que madrugan.

Te recomiendo madrugar y deleitarte viendo el amanecer, sienta muy bien.

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